En 1996, los misioneros iniciaron ésta comunidad en Valparaíso, que fue la primera presencia VERBUM DEI en Chile. Ellos abrieron los caminos que después continuaríamos recorriendo hasta hoy, en la evangelización en los campos universitarios, en ese entonces, apoyando la Pastoral Universitaria de la Diócesis, en la Universidad de Playa Ancha y la Universidad Santa María.

Hoy, con más de diez años de trayectoria, la Rama de misioneras, ha ido diversificando la acción misionera, para ir configurándonos como Movimiento dentro de la Diócesis, y ofrecer así un campo de formación y apostolado a todos los laicos, jóvenes y adultos, que se sienten llamados a responder a la urgencia de la Evangelización a través de “la Oración, el Ministerio de la Palabra y el testimonio de Vida”. 

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Algunos días, acudimos al DUOC donde estamos vinculadas oficialmente a la Pastoral  con estudiantes y administrativos, ofreciendo talleres, grupos de oración y formación, para fortalecer la fe, descubrir la incidencia que tiene en la vida diaria y en la posibilidad de forjarnos como personas maduras y futuros profesionales concientes de la necesidad de ser activos en la transformación social.

Con ellos, participamos también en la “Misión País”, que nos ha llevado a los rincones más heridos por el terremoto, y más que dar, un año y otro experimentamos la riqueza recibida en el compartir con cada persona, en la acogida y generosidad de cada familia y de la Iglesia.

Otros días, recorremos los pasillos de la Universidad Santa María, queriendo apoyar y acompañar a los profesores, administrativos y especialmente a los estudiantes. Muchos de ellos, dejaron sus hogares para poder acceder a su carrera y se encuentran en medio de este ambiente de fuerte exigencia académica, de competitividad e individualismo, de tendencia agnóstica. Por ello, queremos ser una presencia misionera que ofrezca una comunidad de fé, en la que todos puedan descubrir un nuevo rostro de Dios, más cercano y presente en su vida diaria, que no rivaliza con la ciencia y la razón, sino que al contrario humaniza todo quehacer profesional. 

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Desde allí, se abre un grupo de voluntariado, que centra su labor en el reforzamiento de escuelas básicas de sectores vulnerados de algunos de los cerros de Valparaíso.   Así, descubrimos cada sábado la alegría de compartir las oportunidades y talentos que Dios nos ha dado y, encontrar a cambio el cariño y la alegría de los niños que nos esperan, dispuestos no solo a repasar lectura o matemáticas, sino a jugar algún partido de futbol y descubrir que más allá de las dificultades que viven, se puede luchar por un futuro mejor; haciéndonos reflexionar sobre nuestras propias opciones y cómo queremos orientar nuestra profesión para que la experiencia del amor gratuito de Dios que recibimos, incida en ayudar a construir ese mundo más justo que tantas veces soñamos. 

 Y aún quedan días y horas en la vida misionera. El grupo de señoras, la formación para matrimonios, son campos abiertos que cada vez se van haciendo rehaciendo al ritmo de las situaciones familiares, de los desafíos del trabajo, de las necesidades de los hijos. 

  Y en casa, la capilla es siempre un espacio abierto que invita a quien llega a la oración personal o comunitaria, con el deseo de brindar a todos la posibilidad de un encuentro personal y existencial con Jesús de Nazareth a través de su Palabra, para que podamos ser realmente, como El mismo lo desea sus discípulos, e imitándole a El, no podamos menos que “anunciar lo que hemos visto y oído”, como verdaderos misioneros con un corazón universal.